Así le llaman las personas en la isla, porque es alguien que siempre sonríe y genera buen ambiente con su actitud.

Le conoces como persona refugiada. Cuando te despides de él, es ya un amigo.

Residente en el campamento de Moria, un lugar con apariencia de centro penitenciario, gestionado por el ejército, donde tenemos prohibida la entrada, así como fotografiar o hacer vídeos. Smile Maker es uno de sus 2.500 “huéspedes”, en su mayoría hombres jóvenes de diferentes nacionalidades. Nacionalidad, en muchas ocasiones, enfrentadas cultural y políticamente, lo que origina enfrentamientos violentos en el propio campo.

No es la primera vez que nos dicen que Moria es el peor sitio donde pueden reubicarte. Las condiciones son muy duras, hay enfrentamientos, los servicios son mínimos, y sufre una sobrepoblación cuatro veces su capacidad.

Pero de todo esto te olvidas, al menos durante un rato, por la cercanía y comodidad que transmite el encuentro con Smile Maker. Y eso que todo lo que nos cuenta es de todo, menos divertido. Encarcelado en Siria, sometido a torturas diariamente, preso en una celda rodeado de cadáveres, soportando mordiscos de ratas. En su piel aún se ven las quemaduras de cigarrillos que le aplicaban entre paliza y paliza. Escapó de aquel infierno, escapó de las balas de la policía en las fronteras, del camino hasta llegar a Turquía y también del viaje en el mar. Ese mar que cruzó sin saber nadar. Y sin chaleco. Como muchos niños.

Y, sin más, nos dice que hoy es el día de su cumpleaños, que ha pasado toda la noche sin dormir pensando que quizá de madrugada consiguiera hablar con su familia (pues normalmente el acceso a ellos es por la mañana, quizá una vez al  mes, o menos…). No lo consigue, y comenta que para él no será su cumpleaños, no lo es, hasta que no consiga hablar con su familia y cantar con ellos la canción de cumpleaños.

Es el primer momento, desde que lo conozco, en que Smile Maker pierde su sonrisa.

Pero finalmente consigue contactar con su familia, y les escucha cantando. También oye  a sus hermanos, que le instan a volver a verle, a volver a estar juntos. “Lo prometiste y te lo estás perdiendo todo”, le dicen.

Pasa por su cabeza, ¿y si vuelvo? Ellos me necesitan allí y para morir aquí, para vivir como un perro sin salidas donde no les puedo ayudar, donde cada día estoy más desesperado y con el miedo de que nunca vuelva a verles, de que les maten… ¿y si voy a su lado?

Ésa es la segunda vez que no hay sonrisa en su rostro.

Mi amiga y guía Lara, muy asustada, le pide que por favor no lo haga, que tenga paciencia, que por favor piense que estando allí sería prisionero en cuanto llegara, que no tendría la opción de volver jamás, de avanzar después de todo lo conseguido. Yo no digo nada. Qué puedo decir. Miro a Lara y pienso en el dolor que debe sentir escuchar a un amigo al que imaginar volviendo a ser torturado y asesinado. Le coge del brazo. Por favor, ten paciencia…

Minutos después, Smile Maker retoma su historia, y nos dice que si sobrevivió a todo lo que nos cuenta, fue gracias a su pulsera de la suerte, una pulsera que su hermana pequeña le regaló por su cumpleaños, un día como hay, hace varios años. Gracias a ella he llegado hasta aquí, me dice.

Me miro entonces la muñeca, y veo la pulsera que mi hermana me regaló ayer. Para que te dé suerte en el viaje, me dijo. Comprendí entonces su casi eterna sonrisa: aunque se lo hubieran arrebatado todo, esa pulsera jamás sería de nadie más que de él. Jamás le podrán quitar las ganas de continuar, de luchar, de vivir. Esa pulsera le hacía libre y fuerte.

Esa pulsera le hacía estar cerca de casa.