Nuestra compañera Paloma Jiménez se encuentra estos días en la isla de Lesbos, como primera toma de contacto en terreno de cara al viaje de todo el equipo de “Vientos del pueblo sirio”, para el que apenas quedan dos meses.

De allí nos envía estas imágenes que os mostramos, una muy pequeña selección de muchas otras que nos han impactado terriblemente, al ver de manera tan directa la desolación que invade esa tierra, bañada por un Mediterráneo que asiste, inmóvil, a cada nuevo día. Un día que da luz a multitud de falsos chalecos salvavidas amontonados, a condiciones de vida impensables, a personas que ya sólo encuentran una huida posible arrebatándose su propia vida.

Una luz que todavía no ha iluminado un mundo, el nuestro, que sigue a oscuras. Ciego.

Y, sin embargo, hay lugar para la esperanza.

Encontramos esperanza en los voluntarios de Proem-Aid y otras organizaciones que pasan noches en vela para evitar tragedias en el mar como la que hace menos de cuarenta y ocho horas ocurría en las costas de Libia.

Hay esperanza en los mensajes de amor y de humanidad que recorren algunos campos. En los colores de alguna zona de juegos que, por un momento, nos recuerdan a nuestra propia infancia.

Y, sobre todo, hay esperanza en la sonrisa. Las sonrisas. En la amabilidad, el calor, que transmiten las personas refugiadas, que pese a encontrarse sin hogar, no pueden resultar mejores anfitriones.

 

“No, no hay cárcel para el hombre.

No podrán atarme, no.

Este mundo de cadenas

me es pequeño y exterior.

¿Quién encierra una sonrisa?

¿Quién amuralla una voz?”

-Miguel Hernández, “Cancionero y romancero de ausencias”