Ahmad mira y dice, se conocen como “Squats”. Son grandes fábricas en situación de abandono donde vivimos las personas refugiadas, hombres solos que llegamos a la isla hace ya meses. Las antiguas fábricas se caen a pedazos, están rodeadas de basura, la salubridad brilla por su ausencia. Hace calor. Huele. Ésta es su casa.

Dos jóvenes, Ahmad y Khaled salen del edificio y sonriendo nos invitan a pasar y a conocer todo aquello por dentro, a ver con nuestros ojos la cantidad de personas durmiendo en los interiores de la fábrica, la basura por todas partes, la falta de luz y de ventilación. Ellos, sin embargo, sonríen.

Ahmad nos invitan a pasar a su habitación, nos quitamos los zapatos, y nos sentamos en círculo en sus alfombras. Nos invitan a un té caliente. Hablamos de fútbol. Al principio. Luego nos dicen que “cualquier cosa es mejor que estar en Moria”. Allí no hay paz ni libertad, todo son peleas, conflictos… “Me cansé de las filas, no podía más” comenta otro. Habla de las filas para comer, las filas para ducharse, para tomar esa fría ducha cada mañana que te recuerda que ya no eres quien eras.
Yo miro Khaled. Y veo, aunque no quiero verlas, cicatrices en su brazo y en su muñeca. Él se da cuenta, y sonríe. “Bueno”, dice, “hace mucho de esto, ahora ya no quiero quitarme la vida. Eso era antes, soy inteligente, me he dado cuenta de que no es la solución, pero es demasiado… Está siendo demasiado tiempo, esperar y esperar…. Es muy duro, realmente duro”.

Yo sólo puedo escucharle. Comprenderle. Por dentro, mi corazón está encogido.

Tenemos que irnos, tenemos mucho que hacer en la isla.
Nos acompañan fuera de las fábricas, y nos despiden con abrazos, y una sonrisa en el rostro. Y en los ojos. Nos saludan incluso cuando ya estamos a varios pasos de distancia.
“Volver cuando queráis”, nos dice Ahmad. “Ésta es vuestra casa”.

 

Esta historia es real, aunque las imágenes y los nombres no se corresponden con las personas reales con el fin de preservar su intimidad y no ponerlas en riesgo.